Contactar con Liruch.
Tengo 20 años y estoy en ese momento en el que me apetece decir más veces que sí: sí a conocer gente maja, sí a hacer planes distintos, sí a reírme sin mirar el reloj y sí a dejarme sorprender. No busco correr ni forzar nada; me gusta que las cosas vayan poco a poco, con buen rollo, respeto y esa sensación de estar a gusto que se nota desde el primer minuto.
Me considero una mezcla curiosa: por un lado soy bastante espontánea (si me propones un plan sencillo pero diferente, me convences rápido) y por otro tengo mi punto de calma, de disfrutar lo cotidiano. Me gusta conversar de verdad, de esas charlas que empiezan con una tontería y acaban en “¿y tú por qué piensas así?”. Soy de las que se ríen con facilidad, hago bromas cuando hay confianza y me encanta ese coqueteo inteligente que va subiendo de intensidad sin necesidad de ponerse intensos.
En esta etapa me apetecen planes típicos de nuestra edad, pero bien elegidos: una tarde de café largo que se alarga a paseo, una cena improvisada probando un sitio nuevo, una noche de risas con música, una escapada de domingo a desconectar o incluso un plan más tranquilo de peli y manta… siempre que haya complicidad. También me encanta descubrir lugares con encanto, mercados, terrazas escondidas y esas experiencias que empiezan como “vamos un rato” y terminan siendo un recuerdo.
Y hablando de recuerdos… hace poco me pasó algo entre gracioso y bastante… tentador. Quedé con alguien para “una bebida rápida”, porque los dos teníamos el típico día de ir a mil. Total, que entramos en un sitio con una carta larguísima, y yo, con mi seguridad de “yo esto lo controlo”, me puse a pedir como si supiera de vinos. Él me miró con cara de “vale, interesante”, y cuando el camarero preguntó algo técnico, yo asentí como una profesional. Resultado: nos trajeron algo que no era lo que yo creía, y al probarlo hice esa microcara que intenta disimular el drama. Él se rió, yo me reí, y en vez de quedarnos en la vergüenza, nos lo tomamos como un juego: “si fallamos, brindamos igual”.
La cosa se puso divertida porque empezamos a retarnos con preguntas absurdas: “si tuvieras que inventarte una excusa para irte de una cita en 30 segundos, ¿cuál sería?” y “¿qué es lo más peligroso que te parece atractivo?”. Entre broma y broma, el tono cambió. No fue nada explícito, pero sí de esos momentos en los que se nota que la conversación ya no es solo conversación: miradas que se sostienen un segundo de más, una frase que se dice más bajito, esa cercanía casual que no es tan casual. En un momento, al salir, me ofreció su chaqueta porque refrescaba y yo, que iba a decir que no por orgullo, me callé porque me gustó demasiado el gesto. Caminamos despacio, sin prisa, y hubo un segundo en el que pensé: “vale, esto es lo que me apetece: algo que empieza ligero, pero se siente real”. Al final nos despedimos con un beso que fue breve… y precisamente por eso me dejó con ganas de más.
No pongo esto aquí para vender humo ni para prometer nada: lo cuento porque me gusta la chispa, la química y la gente que sabe jugar con la tensión sin pasarse de la raya. Me atraen las personas educadas, con sentido del humor, que sepan escuchar y que no tengan miedo de proponer un plan. Si eres de los que contestan con monosílabos, mejor no; si te gusta hablar, reír y dejar que la conexión haga su trabajo, podemos encajar.
Me apetece conocer a alguien con quien compartir un buen rato, sin presiones y con la mente abierta: empezar por un café o una copa, ver si hay feeling, y si lo hay… seguir improvisando. Si te animas, cuéntame qué plan te hace ilusión últimamente y qué pequeña “tontería” te hace feliz. Yo pongo la curiosidad y las ganas de pasarlo bien; tú trae el buen rollo.
No dispones de Créditos suficientes,
compra para interactuar.
quiero ser esclava
Tomar una copa, me motiva hacerlo
Jamás he tenido otra pareja
Busco amistad, esto no tiene precio

