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No sé muy bien por dónde empezar, porque durante mucho tiempo he sido “la correcta”, la que cumple, la que sostiene el día a día, la que siempre está para todo… pero últimamente me pesa. Estoy casada y, sí, cansada de la monotonía. Cansada de esa sensación de vivir en piloto automático, de que las semanas se parezcan demasiado unas a otras, y de sentir que mi deseo quedó guardado en un cajón por no saber cómo sacarlo sin culpa.
Mi historia es sencilla: mi marido y yo empezamos siendo amigos, y creo que esa base tan buena, con los años, se convirtió también en una especie de freno. Me cuesta soltarme con él. Me cuesta hablar claro de lo que quiero, de lo que me excita, de lo que me da morbo, de lo que me gustaría probar. Y lo peor no es solo que no lo haya dicho; lo peor es que, por evitar incomodidades, me he ido apagando por dentro. Hay cosas que me habría encantado vivir con libertad y no lo he hecho. Y ahora, a la edad en la que se supone que una ya sabe quién es, me doy cuenta de que me he pasado demasiado tiempo intentando encajar en un papel.
Soy una mujer con la cabeza bien puesta: trabajo, responsabilidades, horarios, recados… y aun así, o precisamente por eso, tengo cada vez más claro que necesito recuperar una parte de mí que he tenido demasiado controlada. Me apetece sentir adrenalina, ilusión, complicidad. Me apetece volver a mirarme al espejo y reconocer a la mujer que hay detrás de la rutina. Y sí, lo digo sin rodeos: tengo muchas ganas de sexo, de follar con todas sus letras, pero no desde lo vacío o lo impulsivo sin sentido, sino desde el deseo de disfrutar de verdad, de aprender, de atreverme, de ser yo.
Me considero una persona discreta y educada, con sentido del humor y conversación. Me gusta escuchar, reírme, y también provocar un poco cuando hay confianza. Soy de las que disfrutan un plan sencillo bien hecho: un café largo que se convierte en charla, un paseo para despejar la cabeza, una copa tranquila donde las miradas hablan más que las palabras. También me encanta la sensación de hacer algo “solo porque sí”: improvisar, escaparme un rato, romper la inercia.
En mi zona el tiempo es bastante cambiante, con días de lluvia y nubes que aparecen cuando menos te lo esperas, y ese aire fresco que obliga a buscar refugio. A veces me gusta: tiene algo íntimo, como si invitara a quedarse cerca, a entrar en calor, a bajar el ritmo y disfrutar de la cercanía. Otras veces me desespera, porque parece que la rutina se pega más a la piel cuando el cielo está gris. Quizá por eso me apetece todavía más ponerle un poco de fuego a mis días.
No busco promesas ni cuentos. Busco alguien con discreción, respeto y ganas reales. Un hombre que entienda que, a veces, una mujer no necesita que la salven, sino que la acompañen a soltarse. Que sepa llevar una conversación con picardía, sin vulgaridad gratuita, y que tenga la mente abierta para explorar lo que nos apetezca, marcando límites claros y cuidando los detalles.
Si estás en un punto parecido —con ganas de salir del modo automático, de disfrutar, de vivir algo excitante y bien llevado— escríbeme. Prefiero pocos mensajes, pero con intención. Dime qué te gusta, qué te gustaría hacer, y cómo entiendes tú la discreción. Yo pongo las ganas de recuperar mi deseo… y la sinceridad de no seguir fingiendo que no me pasa nada.
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Casada busca aventura, por eso no me queda otro remedio que buscar una aventura telefónica
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