Contactar con Liruch.
Tengo 47 años y, aunque mi vida por fuera parezca perfectamente ordenada, por dentro hay una parte de mà que se niega a quedarse en piloto automático. Soy una mujer con conversación, educación y un punto travieso que aparece cuando hay confianza. Busco hombres con los que compartir encuentros esporádicos, discretos y bien llevados, sin dramas ni promesas que nadie ha pedido. Me importa la quÃmica, sÃ, pero también el respeto, la higiene, la puntualidad y saber estar. Lo discreto no está reñido con lo intenso.
Estoy casada y lo digo desde el principio porque valoro la honestidad y porque lo que busco tiene un marco claro: momentos, no una segunda vida pública. Me atraen los hombres que entienden los lÃmites, que saben guardar un secreto y que no confunden discreción con frialdad. Al contrario: cuando una conexión es buena, me gusta que sea cálida, atenta y con esa tensión deliciosa que va subiendo sin prisas.
En mi dÃa a dÃa llevo una vida bastante activa. Me gusta cuidarme (en el sentido amplio: mente, hábitos, energÃa), salir a tomar algo con buena charla, descubrir sitios tranquilos donde se pueda conversar sin gritar, y también esas escapadas improvisadas que empiezan como “solo una copa†y terminan con una historia que te hace sonreÃr al dÃa siguiente. A mi edad ya sé lo que me gusta y lo que no: no necesito convencer a nadie, ni que me convenzan a mÃ. Me interesa la gente que suma, que no complica y que sabe disfrutar del momento.
Para que te hagas una idea de mi estilo, te cuento algo que me pasó hace poco y que todavÃa me da risa (y un poquito de calor, si soy sincera). Quedé con un hombre para una cita discreta: plan sencillo, una bebida y ver si habÃa conexión. Él insistió en un lugar “muy tranquiloâ€, casi secreto. Yo llegué puntual, con esa mezcla de calma y emoción que da lo nuevo. Todo iba bien hasta que me di cuenta de que el “lugar tranquilo†era tan tranquilo que parecÃa el escenario de una pelÃcula… y el camarero nos miraba como si ya supiera el final.
El hombre, nervioso pero encantador, intentó romper el hielo con un cumplido y acabó derramando parte de su copa. Nada grave, pero el detalle divertido fue que, al intentar ayudarle, nuestras manos se tocaron más de lo necesario. Hubo ese segundo en el que se te olvida el resto del mundo. Él se disculpaba y yo, en vez de apartarme, me quedé un instante más, mirándole como diciendo “no pasa nada, pero no te acostumbres a escaparâ€. Fue una tonterÃa, sÃ, pero la tensión se instaló en la mesa. La conversación pasó de formal a peligrosamente sugerente con una facilidad insultante.
En un momento, el camarero dejó la cuenta demasiado pronto, como si estuviera conspirando a favor de la cita. Nos miramos y nos dio la risa. Y te juro que esa risa fue el verdadero detonante: cuando alguien te hace reÃr y te mira con ganas a la vez, el resto se ordena solo. No diré detalles que no deban escribirse, pero aprendà dos cosas: que los planes “tranquilos†pueden acabar siendo los más intensos, y que la discreción bien entendida es tremendamente excitante.
Si te apetece algo parecido —encuentros esporádicos, discretos, con buena energÃa y sin complicaciones—, escrÃbeme. Me gustarÃa alguien con cabeza, con conversación y con ganas de hacerlo bien: desde el primer mensaje hasta el último minuto. Propón un plan sencillo, cuida las formas y dime qué te gusta (y qué no). Si hay quÃmica, lo sabremos rápido. Y si no la hay, también: sin ofender, sin insistir y con educación.
Busco complicidad, morbo elegante y esa sensación de estar haciendo algo prohibido… pero de la manera correcta. ¿Te animas a una cita con intención?
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