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Entre semana llevo una rutina bastante intensa por trabajo y, aunque me gusta lo que hago, llega el viernes y siento que necesito cambiar de ritmo. El fin de semana lo paso en la casa familiar en un pueblo cercano y me apetece abrir un poquito mi círculo: conocer gente con la que se pueda improvisar un plan sin complicaciones, sin expectativas raras y, sobre todo, sin cargas familiares que nos condicionen los horarios. Me refiero a personas que, como yo, valoran poder decir “¿salimos a cenar?” y que la respuesta sea “sí, ¿a qué hora quedamos?”.
No busco una lista interminable de requisitos, ni una entrevista, ni dramas. Me interesa la gente que sabe estar, que tiene conversación y que entiende que hay semanas que te dejan con ganas de aire: una cena tranquila, una copa, un paseo para estirar las piernas y hablar de todo un poco, o una noche de música y risas hasta que el cuerpo aguante. Me encanta la sensación de hacer planes sencillos pero bien vividos: elegir un sitio con buen ambiente, compartir unas tapas, probar un vino nuevo, comentar la semana con ironía sana y acabar diciendo “esto hay que repetirlo”.
Tengo una personalidad bastante curiosa y me gusta escuchar. Me interesa la gente que tiene aficiones, aunque sean pequeñas: cocinar algo rico, salir a caminar, descubrir sitios, ver un concierto, una escapada breve cuando se puede, o incluso un plan de peli y charla después. A mi edad valoro muchísimo la tranquilidad mental: gente clara, educada, con sentido del humor y que no venga a complicar lo que podría ser fácil. Si te gusta reírte de ti mismo, si eres de los que propone y no solo “ya se verá”, vamos bien.
Me adapto a distintos planes. Hay días que me apetece algo calmado (una cena larga, sobremesa y conversación), y otros en los que necesito literalmente “desmelenarme”: un sitio con música, una copa sin prisas y ese punto de energía que te recuerda que el fin de semana está para vivirlo. También me gustan los planes de tarde: quedar para un café, merendar, dar una vuelta y ver si surge algo más. Prefiero lo natural, lo espontáneo y la gente que entiende que la química no se fuerza, se encuentra.
Y ya que hablamos de pasar el rato, me encantan los planes que aprovechan lo típico de la zona: por ejemplo, acercarnos a la zona de los tamborileros y el ambiente de la Plaza Mayor, sentarnos en una terraza, picar algo y ver el movimiento. Es de esos lugares donde se puede charlar sin prisa, reírse y, si el plan se alarga, enlazar con una cena o con una copa en un sitio con buen ambiente.
Si te apetece lo mismo que a mí—conocer a alguien sin prisas, sin etiquetas impuestas, con ganas de disfrutar y de sumar buenos momentos—escríbeme. Cuéntame qué plan te encaja más: ¿cena tranquila con conversación, terraza y tapas, o música y marcha? Yo pongo las ganas y el buen rollo; el resto lo vamos improvisando.
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