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No sé si a ti te pasa, pero hay días en los que la vida te pone una escena delante que parece escrita por alguien con mucho sentido del humor… y con poca vergüenza. A mí me pasó hace no mucho, y todavía me río (y me sonrojo) cuando lo recuerdo, porque fue de esas situaciones que empiezan con algo totalmente cotidiano y terminan con el corazón acelerado y la cabeza llena de “¿en serio acaba de pasar esto?”.
Todo empezó con una visita a casa por un tema de un electrodoméstico. Yo iba a lo mío, con la tranquilidad de quien cree que tiene el día controlado. La casa medio en orden, la lista de recados en la cabeza y esa sensación de “hoy sí que me cunde”. Me di una ducha rápida, de esas que te dices “cinco minutos y salgo”, y claro, ya sabemos cómo son los cinco minutos: se convierten en un pequeño oasis. Y justo cuando estaba saliendo, oigo el timbre.
Te juro que en ese instante el tiempo se estira. Primero piensas: “No, no puede ser ahora”. Segundo: “Seguro que se equivoca”. Tercero: “Bueno, voy, abro y en un minuto se soluciona”. Pues no. Era él. Venía a revisar el asunto y, por supuesto, apareció con esa eficiencia de la gente que vive con horarios y herramientas, muy correcto… y yo intentando mantener la dignidad con la primera cosa que encontré a mano. Lo mejor es que, en vez de ponerse incómodo, actuó como si aquello fuese lo más normal del mundo. Yo, mientras tanto, por dentro estaba en modo sirena: “¡Peligro! ¡Peligro! ¡Demasiada tensión en el ambiente!”.
No te voy a mentir: hubo miradas, silencios y esa electricidad rara que a veces aparece sin pedir permiso. En un momento dado, entre explicaciones y “sí, aquí va perfecto” y “no se preocupe”, tuve la sensación de que lo que estaba pasando no era una simple visita técnica. Fue un visto y no visto en toda regla: rápido, intenso, y con esa mezcla de “esto es una locura” y “qué bien sienta salirse del guion”. Y lo más surrealista: al rato llegó mi marido y yo estaba tan tranquila, como si acabara de terminar de doblar toallas. A día de hoy me sigo preguntando cómo mi cara no me delató.
Lo gracioso (y un poco desesperante) es que jamás volví a ver a aquel hombre. Ni una llamada, ni un “todo correcto”, ni una excusa para regresar. Se esfumó como si hubiera sido un capítulo suelto de una serie. Pero me dejó una cosa: la prueba de que todavía me apetece sentir mariposas. Y no hablo solo de lo erótico, que también, sino de esa chispa que te saca de la rutina y te recuerda que estás viva.
Ahora mismo me apetece conocer a alguien con quien empezar por lo sencillo: tomar una copa, conversar sin prisa, reírnos de anécdotas ridículas y ver si hay química. Estoy en una etapa en la que valoro la discreción, el respeto y la buena conversación, pero no me conformo con lo tibio. Me gustan los planes de gente adulta que sabe lo que quiere: una terraza tranquila, un vino o un cóctel bien puesto, música de fondo, y esa sensación de “me está gustando esta persona y todavía no sé por qué”.
Soy de las que disfrutan de los pequeños rituales: una escapada improvisada, un paseo nocturno cuando la ciudad ya baja el volumen, una sobremesa que se alarga, o un plan de domingo que empieza con café y termina con “¿cómo hemos acabado aquí?”. Me considero curiosa, con sentido del humor, y de esas personas que se fijan en los detalles: cómo miras cuando escuchas, cómo respondes cuando te hacen una broma, si sabes llevar una conversación con picardía sin perder la educación.
Si te apetece una cita con ganas de verdad, de las que no se quedan en dos frases y un “ya veremos”, escríbeme. A lo mejor no vuelve a sonar el timbre en el momento más inoportuno… pero podemos crear una historia igual de memorable, aunque esta vez con una copa en la mano y sin prisas para que sea un visto y no visto.
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Tomar una copa, me gustan los hombres que buscaís mujeres para hacer el amor y no los que las buscaís para follar
Tomar una copa, ojalá se repita igual sii
Tomar una copa, no me gustaban porque iban de sobrados y en plan de aquí estoy yo
Tomar una copa, tomar una copa me gustaría, lo sé porque mis amigos siempre dicen que prefieren a las morenas
Tomar una copa, eso se acabó
Tomar una copa, tomar una copa me encantaría y pasarlo bien y disfrutar y reír y reír
Tomar una copa, tengo un fuerte instinto y me mueve la intuición y hasta ahora me ha ido bastante bien

