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No voy a fingir que no me apetece la chispa y la piel, porque sí: me gusta la atracción, el juego y esa electricidad que aparece cuando dos personas se miran y el mundo baja el volumen. Pero, si me preguntas qué busco de verdad, te diré algo más raro y más valiente: busco a alguien con quien valga la pena despertar. No hablo de promesas eternas ni de guiones perfectos, hablo de esa sensación de abrir los ojos y pensar: “bien, hoy también”.
Estoy en un momento en el que me apetece vivir con intención. Me va la gente curiosa, con conversación, con sentido del humor y un punto de traviesa inteligencia. Soy de aquí, de raíces castellanas, y me gusta esa mezcla de calma y carácter: los planes sencillos que se vuelven especiales y las noches que no se planean y salen redondas. Si conectamos, soy de las que cuidan los detalles: un mensaje que llega justo cuando toca, un café compartido sin prisa, una canción enviada porque me recordó a ti.
Entre semana suelo llevar una vida bastante ordenada (sí, soy de agendas y listas), pero necesito espacio para improvisar. Me gusta salir a caminar y despejar la cabeza, perderme un rato en librerías, probar sitios tranquilos para charlar sin gritar y, de vez en cuando, regalarme una escapada corta sin más propósito que cambiar de aire. También disfruto de cocinar con música, de esas cenas improvisadas en casa donde lo importante no es la receta, sino la compañía. Me divierte aprender cosas nuevas: desde una exposición hasta una ruta que no conocía, o apuntarme a algún plan cultural aunque sea por pura curiosidad.
Me atraen las personas que suman paz y emoción a la vez. Alguien que sepa reírse de sí mismo, que no confunda intensidad con prisas, y que tenga la cabeza bien amueblada, aunque le guste desordenar la vida de vez en cuando. Valoro la sinceridad sin brusquedad, las ganas de construir algo bonito sin presionar, y la capacidad de hablar de lo que importa sin dramatismos. No busco un catálogo de requisitos: busco sensación, compatibilidad y esa facilidad que no se fuerza.
Y sí, también me ilusiona compartir lo nuestro en fechas especiales. Aquí hay fiestas que se sienten de verdad: Santa Teresa tiene ese punto de tradición y ambiente en la calle que me encanta, con planes que empiezan “solo a dar una vuelta” y acaban en risas y brindis. En Carnaval me divierte la idea de disfrazarnos sin complicarnos, salir con ligereza y terminar la noche con chocolate con churros o algo calentito, comentando el mejor disfraz que hayamos visto. Y en Semana Santa me atrae el contraste: el respeto, el silencio, la emoción y luego el refugio de un plan tranquilo, como una cena íntima y una charla larga, sin mirar el reloj.
Si estás aquí solo por pasar el rato, no te juzgo, pero probablemente no soy tu mejor opción. Me interesa alguien que quiera vivirlo bien: con deseo, sí, pero también con cuidado. Alguien que no huya de la ternura, que disfrute de la complicidad y que tenga ganas de crear un “nosotros” que se note en los detalles: en cómo nos hablamos, en cómo nos elegimos y en cómo nos despertamos.
Si te apetece, empecemos fácil: dime qué plan te haría ilusión un sábado sin prisas, qué canción te pone de buen humor o cuál es esa pequeña manía que te hace humano. Yo pongo conversación, intención y ganas. Y si la química aparece, ya veremos si, además de acostarnos, merece la pena despertar.
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